7 septiembre 2026
por Madrid Nuevo Norte
Según las Perspectivas de la Población Mundial 2024 de Naciones Unidas, a mediados de la década de 2030 habrá, a nivel global, más personas mayores de 80 años que bebés menores de un año, lo que refleja un envejecimiento continuo de la población. Este cambio obliga a mirar las ciudades desde otra perspectiva, pues para que esa parte cada vez más amplia y veterana de la población pueda vivir plenamente no basta con adaptar viviendas o multiplicar recursos asistenciales, sino que es necesario diseñar entornos urbanos capaces de acompañar otros ritmos y otras formas de relación con el espacio público. Proyectar pensando en todos significa crear espacios que puedan recorrerse y disfrutarse independientemente de la edad o de las capacidades físicas. Y es que una ciudad amable con quienes caminan más despacio suele ser también más cómoda para quien lleva un carrito infantil, se recupera de una lesión o tiene una discapacidad.
La autonomía de las personas mayores depende, en buena medida, de que puedan desplazarse por su entorno cotidiano con seguridad y sin necesidad de ayuda. Llegar caminando a un comercio, una parada de autobús o un centro de salud parece una acción sencilla, pero exige que la ciudad responda adecuadamente a lo largo de todo el recorrido. La anchura de las aceras, el buen estado del pavimento, la correcta colocación del mobiliario urbano o el tiempo disponible para cruzar una calle pueden marcar una gran diferencia. Cuando todos estos elementos están bien coordinados, caminar se convierte en una opción cómoda y accesible para personas de distintas edades y capacidades.
La accesibilidad, por tanto, debe entenderse como una cadena en la que cada elemento contribuye al conjunto. En este sentido, la distancia es otro de los puntos a tener en cuenta en una ciudad amable con las personas mayores, pues si los comercios, los centros sanitarios o las zonas verdes se encuentran demasiado lejos, muchas personas terminan dependiendo del coche, de familiares o de otras redes de apoyo.
La ciudad de Pontevedra, por ejemplo, ha situado los desplazamientos peatonales en el centro de su transformación urbana mediante la reducción del tráfico, la ampliación del espacio reservado a quienes caminan y la mejora de la continuidad de los recorridos. Una estrategia que ha favorecido un entorno más accesible para personas de distintas edades. Dentro de este modelo, la ciudad creó Metrominuto, un plano inspirado en los mapas de metro que muestra las distancias y los tiempos necesarios para desplazarse a pie entre distintos puntos urbanos. La herramienta presenta calles, plazas y equipamientos como si formaran parte de una red peatonal y permite comprobar de manera sencilla que muchos trayectos cotidianos pueden realizarse a pie en pocos minutos.

A lo largo del recorrido por la ciudad debe existir la posibilidad de detenerse. Y algo tan sencillo como los bancos para sentarse amplía la distancia que una persona que necesita reposar con frecuencia puede recorrer. La Organización Mundial de la Salud incluye entre las características de una ciudad amigable la presencia de asientos públicos bien ubicados y mantenidos. Y es que, a veces, una intervención aparentemente pequeña puede transformar la autonomía cotidiana de las personas mayores.
Nueva York, una ciudad tradicionalmente hostil para el peatón, puso recientemente en marcha el programa CityBench para instalar 2.600 bancos públicos, especialmente en paradas de autobús, calles comerciales y zonas con una elevada presencia de personas mayores. Los usuarios participaron en el proceso señalando los lugares donde necesitaban poder descansar. El programa partía de la idea de que una persona que no puede recorrer una calle sin detenerse tampoco puede acceder plenamente a los servicios situados en ella. Las plazas y parques son lugares donde también se puede tomar un respiro. En ellos, descansar puede ir acompañado del contacto con la vegetación, la actividad física suave o la convivencia con otras generaciones. Zonas de encuentro donde las personas mayores pueden mantener una distendida charla o hacer un poco de ejercicio. Además, en episodios de temperaturas elevadas, disponer recorridos sombreados deja de ser una cuestión de confort para convertirse en un requisito de salud y seguridad.

Caminar despacio no debería ser un riesgo. Sin embargo, muchos semáforos peatonales están calculados para un paso ágil que no todo el mundo puede mantener, y los cruces mal iluminados o con visibilidad reducida multiplican la sensación de inseguridad al salir de casa. Ampliar el tiempo de cruce, instalar semáforos con avisos sonoros o reducir la velocidad del tráfico en las calles residenciales son medidas con un efecto medible sobre la siniestralidad. Por ejemplo, en Córdoba se ha puesto en marcha un sistema piloto de inteligencia artificial capaz de detectar a personas con movilidad reducida en un cruce y alargar automáticamente el tiempo de paso en los semáforos, una solución pensada junto a asociaciones de personas con discapacidad.
La iluminación es otro factor con peso propio, pues las calles bien iluminadas reducen la sensación de inseguridad y facilitan salir a caminar también al final de la tarde, cuando muchas personas mayores prefieren evitar los tramos más oscuros de su barrio. En este sentido, Vitoria-Gasteiz ha renovado el alumbrado de itinerarios peatonales y ciclistas, seleccionando expresamente los tramos que los propios vecinos y personas mayores habían señalado como zonas oscuras o inseguras al caminar de noche. El criterio no fue solo técnico, sino también participativo, pues primero se identificaron los puntos con luz insuficiente a partir de las quejas y de los recorridos de la ciudadanía, y después se sustituyeron las farolas por tecnología LED capaz de eliminar esas sombras.

Madrid también lleva años incorporando esta perspectiva en diversas políticas urbanas. La capital forma parte de la Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores impulsada por la Organización Mundial de la Salud, una iniciativa que promueve la adaptación de los entornos urbanos al envejecimiento de la población. Entre otras medidas, se han impulsado actuaciones para mejorar la accesibilidad del espacio público, eliminar barreras arquitectónicas, renovar itinerarios peatonales y reforzar la presencia de zonas estanciales y áreas verdes en los barrios. El objetivo: crear entornos en los que las personas puedan seguir participando en la vida urbana, mantener sus vínculos y sentirse parte activa de la comunidad.
Y, ya a nivel regional, la Comunidad está desarrollando programas orientados a favorecer la autonomía y el envejecimiento activo de las personas mayores, una estrategia que refleja cómo la adaptación de las ciudades a una población cada vez más longeva se ha convertido en un reto compartido por las distintas administraciones.
El aumento de la longevidad plantea un reto de gran alcance para las ciudades, pero también una oportunidad para repensarlas desde una perspectiva más inclusiva. Responder a este nuevo contexto exige comprender mejor las necesidades y las formas de habitar que acompañan al envejecimiento. Las ciudades que se diseñan hoy tendrán que servir, en un futuro no tan lejano, a una población considerablemente más envejecida que la actual, por lo que incorporar esa mirada desde el inicio significa, en definitiva, construir espacios capaces de acompañarnos a lo largo de toda la vida.