2 septiembre 2026
por Madrid Nuevo Norte
Durante más de medio siglo, las pequeñas cabinas azules que cruzaban el cielo entre Pintor Rosales y la Casa de Campo formaron parte del paisaje sentimental de Madrid. Para varias generaciones de madrileños, subir al teleférico era una excursión obligada, una forma distinta de contemplar la ciudad y una de las atracciones más reconocibles de la capital.
Aquel teleférico inaugurado el 26 de junio de 1969, más que un mero medio de transporte, era un mirador en movimiento. Suspendidas hasta 40 metros sobre el suelo, sus cabinas permitían descubrir desde una perspectiva inédita algunos de los grandes iconos de Madrid: el Palacio Real, la catedral de la Almudena, la Casa de Campo o la silueta de la Gran Vía. En los años posteriores a su apertura llegó a transportar miles de pasajeros al día y se convirtió rápidamente en una de las experiencias de ocio más populares de la ciudad.
Hoy, sin embargo, aquel teleférico ya forma parte de la historia. Tras décadas de servicio y un parón de cuatro años, la infraestructura original está siendo completamente renovada para dar paso a una nueva instalación que conservará el espíritu del recorrido clásico, pero con una tecnología, capacidad y accesibilidad propias del siglo XXI.

Recreación de la futura estación del teleférico en Pintor Rosales. Ayuntamiento de Madrid.
Como ocurrió durante décadas con el teleférico original, subirse a una cabina volverá a permitir descubrir algunas de las vistas más singulares de Madrid. El recorrido sobrevolará el parque del Oeste y la Rosaleda, además de ofrecer perspectivas privilegiadas de la arquitectura decimonónica de la estación de Príncipe Pío y del conjunto formado por la ermita de San Antonio de la Florida y su iglesia gemela. Al dirigir la mirada hacia el este aparecerán algunos de los grandes iconos de la capital, como el Palacio Real, la catedral de la Almudena, el templo de Debod o varios de los primeros rascacielos madrileños de la Gran Vía y la Plaza de España. Y, a medida que avance el trayecto entre las torres que sostienen el cable, el protagonismo irá pasando progresivamente de la ciudad a la naturaleza, primero junto al río Manzanares y después sobre el extenso manto vegetal de la Casa de Campo.

La nueva cabina del teleférico, totalmente acristalada. Ayuntamiento de Madrid
La transformación es profunda y afectará tanto a la infraestructura como a la experiencia de viaje. El sistema original bicable dejará paso a un moderno teleférico monocable de última generación. También desaparecerán las antiguas cabinas que acompañaron a varias generaciones de madrileños. En su lugar llegarán nuevas cabinas panorámicas, más amplias y diseñadas para maximizar las vistas sobre la ciudad y la Casa de Campo. Algunas incluso incorporarán suelo acristalado, añadiendo una dimensión aún más espectacular y vertiginosa al recorrido.
Aunque el número de cabinas se reducirá de 80 a 47, cada una podrá transportar hasta diez personas, frente a las seis de las históricas. La experiencia será más cómoda, más accesible y visualmente más abierta gracias a un diseño que apuesta por grandes superficies acristaladas y una mayor sensación de amplitud.
La renovación incorpora, además, elementos impensables cuando el teleférico comenzó a funcionar en 1969. Las nuevas cabinas dispondrán de sensores inteligentes capaces de monitorizar el sistema en tiempo real, mientras que herramientas de inteligencia artificial ayudarán a analizar flujos de usuarios y gestionar alertas de operación y mantenimiento.
La transformación incluye las estaciones de Pintor Rosales y Casa de Campo, que serán renovadas para mejorar la accesibilidad y ofrecer una integración más respetuosa con el entorno. El proyecto contempla, además, medidas orientadas a reducir las emisiones y optimizar el consumo energético, reforzando el carácter sostenible de la instalación.

Así será el interior de las instalaciones. Ayuntamiento de Madrid
Como ocurrió durante décadas con el teleférico original, subirse a una cabina volverá a permitir descubrir algunas de las vistas más singulares de Madrid. El recorrido sobrevolará el parque del Oeste y la Rosaleda, además de ofrecer perspectivas privilegiadas de la arquitectura decimonónica de la estación de Príncipe Pío y del conjunto formado por la ermita de San Antonio de la Florida y su iglesia gemela. Al dirigir la mirada hacia el este aparecerán algunos de los grandes iconos de la capital, como el Palacio Real, la catedral de la Almudena, el templo de Debod o varios de los primeros rascacielos madrileños de la Gran Vía y la Plaza de España. Y, a medida que avance el trayecto entre las torres que sostienen el cable, el protagonismo irá pasando progresivamente de la ciudad a la naturaleza, primero junto al río Manzanares y después sobre el extenso manto vegetal de la Casa de Campo.
Pocas atracciones urbanas pueden presumir de haber permanecido tanto tiempo en la memoria colectiva de una ciudad. El teleférico original fue para muchos madrileños una aventura suspendida sobre las copas de los árboles de la Casa de Campo, un plan familiar de domingo o la oportunidad de contemplar Madrid desde un ángulo diferente. Cuando vuelva a cruzar el cielo de la capital, seguirá ofreciendo esa experiencia única, pero con una imagen completamente renovada y preparada para las próximas décadas.
Convertida tras su inauguración en la atracción de moda en la ciudad, hasta 6.000 pasajeros al día convocaba el teleférico madrileño en los años posteriores al 26 de junio de 1969, fecha en la que Carlos Arias Navarro, por entonces alcalde de la ciudad, cortaba la cinta. “Hay que retrotraerse a esa época para imaginar el impacto que causó un mirador en movimiento a 40 metros de altura: ¡Era una aventura! Se convirtió en una visita obligada, tanto para los madrileños como para los turistas que visitaban la ciudad”, evocaba Carlos Mateo, director de Servicios de Movilidad de la Empresa Municipal de Transportes de Madrid (EMT), entidad que desde enero de 2018 gestiona esta infraestructura.

Las cabinas e instalaciones originales estuvieron en funcionamiento hasta junio de 2022. Foto: lagranescapada.com
En sus comienzos, poco tardó en despejarse cualquier posible duda sobre la solidez de la construcción levantada por la empresa suiza Von Roll bajo la supervisión del Ministerio de Obras Públicas. Algunas voces alertaban sobre el peligro que podían suponer las cabinas colgantes sobrevolando calles y edificios. Así que, para mostrar a los madrileños la seguridad del mecanismo, antes de su inauguración se programaron pruebas de resistencia abiertas al público, que generaron gran expectación. Una de ellas consistió en cargar las cabinas con hasta 700 kilos de arena, que el mecanismo transportó sin inmutarse, para demostrar que los 450 kilos de peso máximo permitidos viajarían en perfectas condiciones de seguridad.
Madrid es solo una de la larga lista de ciudades que han integrado el teleférico en su paisaje urbano. En nuestro país hay varios ejemplos destacables como los de Benalmádena y Barcelona. Y es que los vecinos y visitantes de la ciudad condal tienen no uno, sino dos teleféricos para su disfrute, situados en el puerto de la ciudad y en Montjuïc. Cabe mencionar en nuestro país otros ejemplos espectaculares fuera de entornos urbanos, como el de Fuente Dé en Cantabria, Sierra Nevada en Granada y el del Teide en Tenerife, todos ellos elevados sobre impresionantes escenarios naturales.
Nuestro vecino, Portugal, cuenta con un moderno teleférico urbano construido en Lisboa con motivo de la Exposición Mundial de 1998. Desde su trayecto de 1.230 metros sobre el río Tajo, a 30 metros de altura, se vislumbran el recinto del Parque das Nações y el puente Vasco da Gama, ambos construidos para aquel acontecimiento. Londres también incorporó en 2012 un teleférico para cruzar el Támesis y disfrutar de una perspectiva diferente de la ciudad.

El impresionante teleférico urbano de Río de Janeiro es uno de los más famosos del mundo.
Si cambiamos de continente, el teleférico que asciende al famoso cerro Pan de Azúcar, en Río de Janeiro, ofrece algunas de las mejores vistas urbanas del mundo. Aún más impresionante es el de la ciudad venezolana de Mérida, uno de los teleféricos más espectaculares del planeta, que alcanza los 4.765 metros de altitud. Sin abandonar el continente americano, tampoco puede olvidarse el sistema de La Paz, que desde su inauguración se ha convertido en una de las señas de identidad de la capital boliviana y en una forma singular de recorrer la ciudad desde las alturas.
Ciudad del Cabo cuenta con el teleférico más emblemático de África, que conecta la ciudad con la montaña de la Mesa (Table Mountain). El de Namsan, en Seúl; el del río Yangtsé, en Chongqing; y el de Genting Highlands, en Malasia, figuran entre los más conocidos de Asia. Cada uno ofrece una combinación propia de ingeniería, paisaje y experiencia turística, lo que demuestra que estos sistemas siguen siendo una de las formas más atractivas de contemplar el territorio desde una perspectiva diferente.