29 septiembre 2026
por Madrid Nuevo Norte
Entre cornisas, balcones y portales, Madrid conserva un pequeño zoo urbano que muchas veces pasa desapercibido. Elefantes, leones, lagartos, peces, dragones o serpientes aparecen tallados en fachadas de distintas épocas, especialmente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la ciudad crecía y la arquitectura incorporaba una mayor libertad decorativa. En aquellos años, los edificios no solo se pensaban desde la estructura o la función, sino que también se diseñaban como piezas capaces de comunicar una identidad. Arquitectos, escultores, ceramistas y artesanos trabajaban juntos para incorporar relieves, molduras y motivos inspirados en la naturaleza. Esa colaboración explica la variedad de animales que todavía hoy asoman en muchas calles del centro. Algunos tienen un significado simbólico (fuerza, protección, estabilidad); otros recuerdan leyendas, nombres antiguos o pequeñas historias de barrio. Todos forman parte de una manera de construir en la que la fachada también hablaba. Descubrirlos no exige un itinerario cerrado, sino que basta con caminar por Madrid con una mirada más atenta y levantar la vista de vez en cuando.

En Malasaña, el número 20 de la calle del Pez conserva uno de los relieves más reconocibles del Madrid histórico. En el chaflán del edificio aparece un pez de piedra junto a la inscripción “Casa del Pez”, un pequeño símbolo que ha terminado formando parte de la identidad del barrio. Hasta finales del siglo XVII, esta vía era conocida como calle de la Fuente del Cura, porque en la zona existía una fuente con un estanque de aguas cristalinas. Según la leyenda, cuando un hombre llamado Juan Coronel adquirió el terreno para construir su vivienda, aquellas aguas fueron desapareciendo poco a poco y, con ellas, los peces que vivían allí. Solo quedó uno, y su hija lo rescató y lo cuidó, pero el animal acabó muriendo. La joven quedó tan desconsolada que decidió ingresar en un convento. En recuerdo de aquella historia, su padre mandó labrar en la fachada un pez de piedra acompañado por el rótulo “Casa del Pez”.
Con el tiempo, ese nombre acabó extendiéndose a toda la calle. Más allá de la leyenda, este relieve, plasmado ya en una casa de principios de siglo XX y estilo neomudéjar, muestra cómo muchas fachadas madrileñas funcionaban también como señales urbanas para identificar edificios, conservar historias del lugar y dar carácter propio a las calles. En este caso, un sencillo pez de piedra basta para conectar el barrio de Malasaña actual con un Madrid casi desaparecido.

En el número 4 de la calle Don Pedro, en La Latina, conviene levantar la vista hacia la parte alta de la fachada. Allí, sobre el dintel, y rodeado de curvas vegetales y otros detalles modernistas, aparece un dragón de piedra que parece custodiar la inscripción con el nombre del arquitecto: Arturo Pérez Merino, autor de este edificio y de otros inmuebles madrileños de comienzos del siglo XX. Con la boca abierta, las alas desplegadas y el cuerpo en tensión, el dragón actúa como una pequeña criatura protectora de la casa. Su presencia encaja con una época en la que muchas fachadas incorporaban relieves, símbolos y elementos fantásticos para diferenciarse y dar personalidad a cada edificio. La casa tiene, además, una historia añadida: en ella nació Lina Morgan, una de las grandes figuras populares del teatro y la televisión en España. Como ocurre con otros animales tallados en las fachadas de Madrid, este dragón funciona como una señal urbana. Aporta carácter al edificio, invita a mirar hacia arriba y recuerda que la arquitectura también se construye con detalles capaces de quedarse en la memoria.

En el número 14 de la calle Conde de Romanones, muy cerca de Tirso de Molina, se puede observar una de las fachadas más singulares del centro de Madrid. Su interés no está en una gran escultura ni en un remate monumental, sino en un revestimiento decorativo que convierte el muro en una superficie en movimiento. En la parte inferior, la fachada arranca con un patrón geométrico de líneas repetidas. A medida que la mirada asciende, ese dibujo empieza a transformarse en formas vegetales, como si la ornamentación creciera sobre el edificio. Más arriba, el motivo vuelve a cambiar hasta convertirse en una cadena de pequeños lagartos enlazados, en la que la silueta de unos se integra con la de los siguientes. La ejecución de esta decoración —un esgrafiado, técnica que consiste en rascar una capa de estuco para revelar otra inferior— se atribuye a Julio Barbero Moreno, maestro del tradicional oficio del mortero de cal. El resultado reproduce y homenajea los juegos visuales de Maurits Cornelis Escher, el artista neerlandés que hizo célebres sus metamorfosis gráficas, donde una forma se convierte progresivamente en otra.

En la calle Alcalá, junto a la Puerta del Sol, el antiguo Palacio de La Equitativa conserva uno de los conjuntos ornamentales más llamativos del centro de Madrid: las cabezas de elefante que aparecen talladas en las ménsulas de sus balcones. El edificio fue diseñado por José Grases Riera y construido entre 1887 y 1891 como sede de la compañía aseguradora La Equitativa. Más tarde pasó a formar parte de la historia financiera de la ciudad como sede de Banesto y hoy se integra en el entorno del complejo Canalejas y del hotel Four Seasons. El detalle de los elefantes no es casual, pues por su tamaño, fuerza y longevidad, este animal se ha asociado tradicionalmente con ideas de solidez, resistencia y protección. En un edificio concebido para representar a una aseguradora, el mensaje resultaba claro: su arquitectura también debía transmitir confianza.

En el número 32 de la calle Goya, en pleno barrio de Salamanca, la fachada vuelve a recurrir a un animal muy presente en la arquitectura madrileña: el elefante. Sus cabezas aparecen en las ménsulas que sostienen los balcones, como símbolo de solidez, estabilidad y resistencia. Un poco más arriba, la decoración se completa con varias cabezas de león, otro de los animales más habituales en la arquitectura europea. El león se ha asociado tradicionalmente con la fuerza, el poder, la vigilancia y la protección. Por eso aparece con frecuencia en palacios, edificios institucionales, bancos y viviendas representativas, casi siempre como una figura de prestigio o como un guardián simbólico de la fachada. El edificio fue levantado entre 1907 y 1909 y es obra de José Espelius Anduaga, arquitecto conocido, entre otros trabajos, por la plaza de toros de Las Ventas. En esta casa de la calle Goya, la ornamentación exterior tiene un aire monumental y llamativo, muy acorde con la imagen de distinción que buscaban muchas construcciones del Ensanche madrileño. La combinación de elefantes y leones refuerza esa idea de arquitectura sólida y representativa.

En la calle Mejía Lequerica, en esquina con Hortaleza y San Mateo, se encuentra la conocida Casa de los Lagartos, uno de los edificios más singulares del modernismo madrileño. Fue proyectada por el arquitecto Benito González del Valle y construida entre 1911 y 1912, en una zona del centro que por entonces vivía un intenso proceso de transformación urbana. Su fachada responde a un modernismo contenido, más sobrio que ornamental. Predominan las líneas horizontales, los huecos repetidos y una decoración medida, con influencias próximas a la Secesión vienesa. En ese conjunto destacan los famosos lagartos, a veces identificados como salamandras, que recorren la parte superior del edificio, bajo la cornisa. Estos animales son el elemento que da nombre popular a la casa y su principal seña de identidad. Más que un adorno aislado, funcionan como una firma visual, pues los lagartos fueron muy usados en el modernismo como ornamento.

En el número 96 de la calle Hortaleza, otro edificio firmado por Arturo Pérez Merino incorpora motivos animales de aire modernista en la fachada. Construido entre 1912 y 1914, el inmueble combina rejería, azulejos, molduras florales y una llamativa decoración de formas sinuosas que se enroscan entre los balcones. Entre esos detalles destacan unas figuras que suelen interpretarse como cobras o serpientes estilizadas. Su presencia encaja muy bien con el lenguaje modernista, que buscaba inspiración en la naturaleza, la botánica y los animales exóticos. La serpiente, por su forma ondulante, era un recurso especialmente útil, pues permitía introducir movimiento en la fachada y suavizar la rigidez de las líneas rectas. Además de su carga visual, la serpiente ha tenido muchos significados simbólicos a lo largo de la historia: renovación, transformación, protección o misterio. En este caso, más que ofrecer una lectura única, funciona como un elemento expresivo que aporta personalidad al edificio y lo diferencia dentro del paisaje urbano.
Este pequeño zoo arquitectónico es solo una pequeña muestra de muchos otros ejemplares de especies variadas que llevan más de un siglo acompañando a Madrid: osos, caballos, abejas… Para descubrirlo no hace falta seguir un itinerario definido, sino caminar con una mirada más atenta: levantar la vista, detenerse en los balcones y comprobar cómo muchas fachadas siguen guardando animales, leyendas y símbolos que forman parte de la memoria de la ciudad.