22 octubre 2026
por Madrid Nuevo Norte
Da forma a algunos de los monumentos más conocidos de Madrid, pero también a colegios, hospitales, fábricas y viviendas de barrio. Aunque su presencia cotidiana hace que a menudo pase desapercibido, ningún otro material ha acompañado tan de cerca la historia de la ciudad. Hablamos del ladrillo, unas humildes piezas de barro cocido que, desde sus orígenes y a lo largo del tiempo, han construido el paisaje urbano de la capital.
Su uso respondió inicialmente a motivaciones prácticas. La presencia de arcillas en la cuenca de Madrid favoreció la fabricación de ladrillos y tejas en tejares y hornos situados en la propia ciudad y sus alrededores, reduciendo los costes y las distancias de transporte. Además, la masa de los muros ayudaba a amortiguar las oscilaciones térmicas de un clima de inviernos fríos y veranos calurosos.
Pero sus posibilidades iban mucho más allá. Resistente y fácil de adaptar a construcciones de distinta escala, servía para levantar muros, pero también para crear cornisas, arcos, recercados y composiciones geométricas mediante la propia colocación de las piezas. El color, la textura y las variaciones derivadas de su fabricación terminaron por aportar personalidad a las fachadas. Así, lo que comenzó siendo una solución constructiva accesible acabó convirtiéndose también en una seña de identidad.

Madrid, Spain, 05/01/2020: Main facade of the Casa Árabe located in the Aguirre Schools in the city of Madrid
Los primeros ejemplos que quedan en pie se remontan a la arquitectura mudéjar, desarrollada durante la Edad Media a partir de la convivencia de las técnicas y tradiciones culturales cristiana y musulmana. Edificios como la iglesia de San Nicolás de los Servitas, la torre de San Pedro el Viejo o la Casa de los Lujanes muestran cómo el ladrillo podía organizar y decorar una fachada sin quedar oculto bajo otros acabados.
La pervivencia y adaptación de técnicas y formas de tradición andalusí en los territorios cristianos dejó así su huella en la arquitectura de la Villa y los siglos posteriores siguieron utilizando el ladrillo como elemento fundamental. Sin embargo, el momento de mayor protagonismo del ladrillo llegaría durante la segunda mitad del XIX. Madrid crecía rápidamente y necesitaba nuevas viviendas, escuelas, hospitales y equipamientos. En ese contexto nació el neomudéjar, un estilo que reinterpretó las formas de la arquitectura medieval y encontró en el ladrillo visto su principal recurso expresivo. Se dice que el primer edificio de este estilo fue la antigua plaza de toros de la Fuente del Berro, ubicada donde hoy se erige el Palacio de Deportes de la Comunidad de Madrid (Movistar Arena).
Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, este lenguaje se extendió por toda la capital. La combinación del ladrillo con piedra, cerámica o elementos de hierro permitió desarrollar numerosas variaciones sobre una estética que, pese a todo, resultaba fácilmente reconocible.
El edificio de las antiguas Escuelas Aguirre, en los últimos años utilizado como sede de Casa Árabe, es uno de los ejemplos más destacados de esa etapa. Cerca de allí, el Hospital Infantil Universitario Niño Jesús se convirtió en otro referente de la arquitectura madrileña de finales del XIX. Y la plaza de toros de Las Ventas le dio a este lenguaje una escala monumental.

A comienzos del siglo XX, el ladrillo encontró un nuevo ámbito de desarrollo en la arquitectura industrial. Fábricas, talleres, almacenes y depósitos necesitaban edificios resistentes y funcionales, con espacios amplios capaces de adaptarse a las necesidades de la producción. El material ofrecía una respuesta eficaz y terminó por otorgar una imagen común a buena parte de aquel Madrid vinculado al trabajo y a la industria.
La antigua fábrica de cervezas El Águila, actual sede de la Biblioteca Regional Joaquín Leguina y del Archivo Regional de la Comunidad de Madrid, permite reconocer todavía esa etapa. Sus construcciones combinan el uso expresivo del ladrillo con cubiertas y elementos propios de la arquitectura industrial europea.
También Matadero Madrid conserva la huella de aquel momento. El conjunto proyectado por Luis Bellido estaba formado por numerosos pabellones en los que el ladrillo, la piedra y la cerámica componían una arquitectura concebida para cumplir una función concreta, pero cuidada hasta en sus detalles.

ero la historia del ladrillo madrileño no se limita a los grandes edificios. También puede seguirse a través de numerosas viviendas levantadas entre finales del siglo XIX y comienzos del XX en barrios entonces de la periferia, como Tetuán, Puente de Vallecas, Carabanchel o Usera.
Se trata de construcciones modestas, realizadas con materiales baratos y procedimientos mayoritariamente artesanales. Sus fachadas suelen presentar huecos verticales, balcones de forja, zócalos y sencillos motivos geométricos. Ninguno de estos elementos busca competir con la arquitectura monumental, pero su repetición a lo largo de una calle o un barrio crea conjuntos con carácter propio.
En 2024, el Ayuntamiento de Madrid impulsó la incorporación al catálogo de edificios protegidos de más de 200 inmuebles representativos de la arquitectura popular neomudéjar.


El ladrillo sigue presente en la arquitectura contemporánea, aunque sus usos han evolucionado. Se emplea para dar relieve a las fachadas, filtrar la luz mediante celosías o facilitar la integración de nuevas construcciones en su entorno. Siglos después de sus primeras apariciones en la ciudad, arquitectos y urbanistas modernos han continuado explorando las posibilidades de un material que admite formas y funciones muy diferentes.
Desde una torre medieval hasta una vivienda de barrio, desde un colegio o una iglesia antigua hasta la arquitectura del presente, el ladrillo conecta distintos momentos y formas de hacer Madrid. Su historia permite mirar de otra manera muchas fachadas que, de tan habituales, apenas llaman nuestra atención pero que forman parte indisoluble de la capital.