10 junio 2026
por Madrid Nuevo Norte
A primera vista, algo tan trivial y cotidiano como un dónut parecería tener poco que ver con el urbanismo. Y, sin embargo, su forma se ha convertido en una de las metáforas más sugerentes para repensar cómo pueden funcionar las ciudades del siglo XXI. Detrás de esta imagen hay una idea tan intuitiva como transformadora: entender la actividad humana y, por tanto, la ciudad, como un espacio de crecimiento en equilibrio, capaz de garantizar las condiciones básicas para una vida plena sin perder de vista el cuidado del entorno. Un enfoque que abre la posibilidad de imaginar urbes más habitables, más justas y mejor preparadas para responder a los desafíos de nuestro tiempo. En los últimos años, esta manera de entender el urbanismo ha ido ganando fuerza al proponer una visión más completa del progreso urbano. Ya no se trata solo de que las ciudades sean más grandes, más rápidas o más productivas, sino también de que sean más amables, inclusivas y conscientes de los recursos que hacen posible la vida en común.
La llamada economía del dónut, desarrollada por la economista Kate Raworth, nació como una forma clara y visual de abordar una pregunta cada vez más urgente: ¿cómo avanzar sin agotar los recursos de los que dependemos? Su planteamiento parte de una imagen sencilla. El círculo interior representa las necesidades básicas que toda persona debería tener cubiertas para llevar una vida digna, como el acceso al agua potable, la alimentación, la salud o la educación. El círculo exterior, por su parte, señala los límites ambientales y sociales que no conviene sobrepasar si queremos evitar un mayor deterioro del planeta. Entre ambos se sitúa el espacio deseable, una franja de equilibrio en la que es posible garantizar el bienestar de la población sin comprometer el entorno.
Ahí reside la fuerza de esta teoría, que no pretende ofrecer una fórmula cerrada ni un modelo universal aplicable de la misma manera en todos los contextos. Más bien propone una guía útil para ordenar prioridades, repensar decisiones y mirar el desarrollo, también el urbano, con una perspectiva más amplia y más consciente.
Detrás de esta propuesta está Kate Raworth, economista británica que ha trabajado en diversos organismos internacionales y ha desarrollado una brillante carrera en el ámbito académico. Su planteamiento parte de una pregunta sencilla: ¿tiene sentido medir el progreso solo en términos de crecimiento económico? A partir de esa pregunta, Raworth desarrolló un modelo que pone el foco en las personas y en el entorno. Su trabajo ha tenido eco en distintos ámbitos, desde la economía hasta el urbanismo, precisamente por su capacidad para traducir ideas complejas en imágenes fáciles de entender. Raworth no propone soluciones totales, sino una forma distinta de mirar los problemas: en lugar de atender solo a cuánto crece una economía, invita a observar cómo se distribuyen los recursos y qué impacto tiene ese crecimiento en la vida de las personas. Esta perspectiva transversal ha facilitado que su modelo se utilice como guía en distintos contextos, como el urbanismo.

Kate Raworth, economista creadora de la teoría del dónut. (Foto: atlasofthefuture.org)
En el ámbito urbano, el modelo del dónut ha ido ganando terreno porque conecta con preocupaciones muy concretas: el acceso a la vivienda, la movilidad cotidiana, la calidad del aire o la cercanía de los servicios. Es decir, con todo aquello que condiciona la experiencia diaria de vivir en una ciudad. Su aportación resulta especialmente útil porque traduce un debate complejo en una imagen fácil de entender: la ciudad ideal sería aquella capaz de garantizar bienestar y oportunidades para sus habitantes sin rebasar límites ambientales. Un espacio equilibrado que se traduce en barrios más próximos y habitables, donde los servicios básicos están al alcance, y donde caminar, usar la bicicleta o recurrir al transporte público no son una excepción, sino parte natural del día a día; un lugar donde las zonas verdes contribuyan tanto al bienestar como a la adaptación climática. Más que una imagen teórica, el dónut funciona aquí como una brújula para tomar decisiones urbanas con una mirada más amplia.

El Anillo Verde de Vitoria-Gasteiz (Foto: Yoana Salvador)
Un ejemplo de esta visión está en Ámsterdam, que en 2020 se convirtió en la primera ciudad en adoptar oficialmente el enfoque de la doughnut economics, integrándolo en su estrategia de ciudad circular. Ese mismo año presentó su Circular Strategy 2020–2025, con el objetivo de reducir a la mitad el uso de nuevas materias primas en 2030 y avanzar hacia una ciudad plenamente circular en 2050. No obstante, aunque el caso de Ámsterdam sea tal vez el más explícito, muchas otras ciudades, sin adoptar de forma literal esta terminología, están desarrollando políticas alineadas con este enfoque, orientadas a equilibrar el bienestar de la población con el respeto a los límites ambientales.
La economía rosquilla propone, pues, una forma diferente de entender el crecimiento urbano. Ya no se trata solo de expandir la ciudad, construir más o multiplicar su actividad, sino de preguntarse si ese crecimiento hace la vida más fácil, más saludable y accesible para quienes la habitan. En la práctica, esto se traduce en decisiones muy concretas, como la de priorizar el transporte público frente al coche, impulsar barrios donde los servicios estén cerca, integrar más naturaleza en el entorno o fortalecer la economía local a través del comercio de proximidad. Son medidas que ayudan a reducir desplazamientos, refuerzan la vida de barrio y, en definitiva, hacen la ciudad más cómoda y habitable, sin aumentar la presión sobre los recursos.