10 febrero 2026
por Madrid Nuevo Norte
Aunque en la actualidad apenas sobrevive el nombre en algunas placas del callejero, durante siglos los gremios fueron una de las grandes fuerzas que dieron forma a Madrid. La ciudad creció organizada en torno a oficios como bordadores, hileras, curtidores o esparteros que no solo compartían trabajo, sino también espacio, identidad y normas propias. Aquella geografía laboral, que aún puede leerse en calles como Cuchilleros o Ribera de Curtidores, explica una capital que se levantó al ritmo del martillo o el telar. Su consolidación, sin embargo, llegó con la decisión de Felipe II de convertir Madrid en capital del reino en 1561, momento en que la vida urbana y artesanal se intensificó. «Cuando se construyó la Plaza Mayor, cada soportal estuvo ocupado por un gremio determinado, y todas las calles que salen de ella tuvieron actividad gremial, como sucedió con cuchilleros, bordadores, herreros, tintoreros o plateros», afirma Carlos Osorio, escritor y guía de rutas culturales por Madrid. «Era una tendencia lógica por la cual se agrupaban los comerciantes por sectores, de manera que ellos mismos podían tener unas normas propias sobre cómo debía ser la calidad de los productos y sus precios, así como controlar la enseñanza de los oficios» comenta Osorio.

En la Plaza Mayor, cada soportal estuvo ocupado por un gremio determinado.
En aquellos tiempos, pasear por la calle Barquillo significaba notar el pulso del Madrid artesanal más esforzado, con el sonido constante del martillo golpeando el metal incandescente. Allí trabajaban los herreros conocidos como chisperos, llamados así por las chispas que producían sus fraguas. Los chisperos se asentaron fundamentalmente en la zona que abarcaba el antiguo barrio llamado, precisamente, “del Barquillo”, entre la calle del mismo nombre y Hortaleza, hoy parte de Justicia o Chueca. «Nos suena a antiguo porque ya no escuchamos el martillo golpeando el yunque, pero antes las herrerías estaban dentro de la ciudad», señala Osorio. En estas herrerías no solo se forjaban piezas de metal para la vida doméstica, sino también herramientas agrícolas, rejas y balcones que decoraban la ciudad. La actividad de los chisperos continuó durante el siglo XVIII, convirtiéndolos en un grupo fácilmente reconocible en la sociedad madrileña, gracias a su forma de vestir y su presencia característica.

Relieve en bronce del monumento a los chisperos y saineteros (Foto: Ayuntamiento Madrid)
Esa identidad tan marcada hizo que los chisperos compartieran protagonismo con otros grupos populares de la capital, como los majos del barrio de Maravillas, actual Malasaña, o los manolos de Lavapiés. «Los más conocidos fueron los majos, porque Francisco de Goya los pintó en sus tapices. Lucían ropas más llamativas que derivaron en el traje goyesco de torero, y disfrutaban de un protagonismo social más destacado. Los chisperos estaban en ese grupo de oficios algo menos elevados», comenta el escritor. Por debajo de ellos, en la escala social, se situaban los manolos, vinculados a los barrios más humildes. «Vestían un poco al estilo andaluz, con una ropa que asociaríamos a los bandoleros», explica Osorio. No era raro verles con pantalones por debajo de la rodilla, chaleco, camisa bordada, pañuelo anudado a la cabeza y sombrero redondo. Uno de los más célebres fue Luis Candelas, «el único bandolero urbano», tal y como apunta el guía cultural.
La rivalidad entre barrios se expresaba entonces en forma de piques y enfrentamientos. «Si un chispero iba a otro barrio, muchas veces la cosa acababa en insultos o en expulsiones. También estaban las pedradas, porque los chavales más jóvenes se iban a tirar piedras a los del otro barrio», rememora Osorio. Estas tensiones también se extendían hacia otros estratos sociales: «A los “señoritos”, llamados entonces lechuguinos o pisaverdes, cuando se acercaban a un barrio de trabajadores también les echaban a pedradas», afirma.
El recuerdo de los chisperos no quedó únicamente fijado en el callejero o en la memoria popular, pues Madrid decidió rendir homenaje a estos personajes castizos a través de una escultura urbana: el conocido como monumento a los chisperos, situado hoy en la Plaza de los Chisperos de Chamberí. Se trata de una ubicación significativa, pero no histórica, ya que los chisperos nunca tuvieron allí su principal asentamiento. La elección del lugar responde más a una voluntad simbólica que a un criterio geográfico pues la escultura no pretende señalar el antiguo barrio de los herreros, sino evocar un tipo humano y cultural profundamente madrileño, surgido de los oficios populares del siglo XVIII.

Plaza de los Chisperos de Chamberí (Foto: @ArteEnMadrid)
La estatua representa a varios chisperos en actitud desafiante, una imagen que conecta directamente con la literatura costumbrista y el imaginario popular. «Es una conmemoración de los autores de los sainetes y zarzuelas. Aunque sobresalen los chisperos en la cúspide, en la base se representan las caras de Ramón de la Cruz, Ricardo de la Vega, Carlos Arniches y Federico Chueca», explica Carlos Osorio. No se trata, por tanto, de un monumento gremial en sentido estricto, sino de un reconocimiento cultural a los personajes que poblaron el Madrid castizo y a quienes los inmortalizaron en la escena.